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Desafíos para el sindicalismo argentino del Siglo XXI. Por el Investigador Social Jorge Potente.

El ser humano se concreta en comunidades y asociaciones (la familia, la nación, el estado, y también los sindicatos) En cada una de ellas nos unimos para dejar de ser individuos disgregados y muchas veces indefensos. 

En la Argentina existen asociaciones sindicales ya desde los comienzos de la organización nacional en el siglo XIX, pero cobra impulso a mediados del siglo XX con la creación de la Secretaría de Trabajo y Previsión Social a cargo del entonces coronel Juan Domingo Perón.

El modelo sindical entonces pergeñado, demostró la capacidad y ductilidad para adaptarse y superar grandes desafíos, desde los lobbies patronales, hasta las peores crisis económicas (tan recurrentes en nuestro país); Desde la persecución, violencia, proscripción y hasta a veces desaparición y muerte de sus militantes y dirigentes.

Lo ciertos es que los sindicatos en Argentina han sido actores muy importantes, no solo en el marco laboral (frenando atropellos como las jornadas de más de 14 horas, la ausencia de días francos, o el trabajo infantil por ejemplo), sino que también fueron factores en lo social y en lo político. 

Además en la Argentina han prestado servicios de los más variados a sus afiliados, desde hoteles y colonias de vacaciones, pasando por universidades y medios de comunicación; y sobre todo, han sido claves en el acceso al derecho a la salud. Los sindicatos poseen hospitales, sanatorios y sistemas de medicina propios. Hay quienes calculan que entre 17 y 20 millones de argentinos se atienden en las obras sociales sindicales. 

Pese a sus detractores, los sindicatos argentinos han resistido el paso del tiempo, porque sin importar la circunstancia, siempre han sabido dar respuesta a las necesidades de sus afiliados. 

En ese contexto, durante la 4ta temporada de “OdT | El Observatorio del Trabajo” (año 2015) mensualmente entrevistábamos a jóvenes líderes sindicales; porque nos interesaba saber, que cosas, más allá de escenarios coyunturales, consideraban ellos que serían los grandes desafíos para la actividad sindical en este siglo. 

Dirigentes de sectores muy diversos, coincidieron en señalar estos temas:

El factor ecológico. 

El paradigma de nuestra época sitúa en el centro de escena a las relaciones socio-ecológicas. Actividades como el petróleo, el carbón o la industria del plástico, son apenas ejemplos de las numerosas actividades que se encuentran seriamente cuestionadas por su significativo impacto ambiental, que perdura en el tiempo, e incluso son irreversibles tales como: contaminación hídrica, del suelo, de los acuíferos, o de la atmósfera, o la remoción de suelos y de vegetación, pérdida de la biodiversidad, impactos en la salud, manejo de desechos….y un largo etcétera.

Más allá de las imaginables resistencias empresariales al cambio, y aun suponiendo que estos bienes de producción fueran sustituibles a bajo coste por otros bienes no contaminantes; subsiste una entendible oposición al cambio, y a veces es de los propios trabajadores. En el mundo decenas de millones de familias dependen de esos empleos. Un gran argumento para retrasar cualquier cambio al status quo es el tratar de evitar la destrucción masiva de puestos de trabajo y la consiguiente creación de nuevos pobres.

Sin duda un gran dilema moral para quienes deben cerrar filas defendiendo puestos de trabajo cuyo producto implica hipotecar el presente y futuro propio y de sus familias.

Crisis y oportunidades de cambios tecnológicos

A menudo suelo contar que en la Argentina pastoril de principio del siglo XX, la cosecha agraria se hacía mayormente en forma manual, y los frutos eran colocados en bolsas de arpillera (también conocidos como costales) los que debían ser cerrados mediante una rápida costura también manual. En aquellos años existió un gremio de cosedores de bolsas. De más está decir que el avance tecnológico hizo desaparecer esa tarea humana y por consiguiente cualquier vestigio de organización sindical.

La anécdota nos permite tomar conciencia que muchos de los sindicatos actuales tal vez tengan los días contados ya que muchas de esas tareas pueden ya no tener razón de ser dentro de pocos años.

La brecha generacional

Si bien no pareciera ser un gran obstáculo, los trabajadores más jóvenes (en especial los milenials) representan un cambio no solo en su forma de trabajar, sino también en su forma de sindicalizarse. Son mucho más Individualistas que sus padres y abuelos Boomers y Generación X. Se integran a organizaciones siempre que estas coincidan con sus necesidades y, en general, desconfían de los líderes. ¿Cómo atraer a la actividad sindical a personas que sólo confían en sí mismos y en general no toleran los tiempos de las organizaciones? Los sindicalistas “salen a la cancha” rodeados de jugadores individualistas a los que deben convencer que es mucho mejor una táctica de juego colectivo.

De hecho los propios entrevistados (que raramente superaban los 30 años de edad) eran parte de ese recambio generacional, y mostraban expectativas y dinámicas de diálogo diferentes a los que mostraban los dirigentes “mayores” de sus propios gremios. 

Uno de los primeros desafíos que reconocieron, es que ya no basta con conservar los puestos de trabajo y lograr una justa paga. Los trabajadores del siglo XXI reclaman que sus gremios luchen por otros tipos de compensaciones que permitan un equilibrado balance entre su vida personal y laboral. 

La tendencia mundial hacia la flexibilización

A caballo del creciente número de desocupados a escala global, ideas neoliberales han encontrado una ocasión propicia para impulsar un sofisma: si lo que se desea es mantener y aumentar el empleo, la única solución es el precarizar las condiciones del trabajo.  

Se destacaba en aquel momento entre los representantes sindicales, la preocupación por el desarrollo de nuevas formas flexibles de contratación en donde el trabajador queda fuera de cualquier convenio laboral, bajo “locaciones de servicios” o incluso formas contractuales aún más creativas, como la de «economía colaborativa»  (UBER y afines). 

Todas ellas implican la separación del individuo de la acción colectiva y por consiguiente la debilitación o directa anulación de su poder de negociación. 

El jefe es el “Sr. Algoritmo de Software” que determina quién recibe un trabajo y quién no  (O dicho de otra manera: quien recibirá paga y quien no). Ni hablar de otros “huecos” como que el trabajador adquiere y mantiene su herramienta de trabajo, no recibe pago cuando sufre una enfermedad o declinación en la vejez…y mucho menos hablar de derecho al descanso y vacaciones, entre otros tantos derechos “renunciados”, que implican un vertiginoso retroceso de dos siglos en las conquistas laborales.

Obviamente estos engendros encontraron su oportunidad en la coyuntura del capitalismo a escala mundial. En algunos países el ejército de desempleados es casi tan numeroso como el de los que poseen trabajo. Esa masa de personas (muchas veces al borde de la desesperación) pueden aceptar un empleo resignando sus derechos, y en consecuencia se vuelven mano de obra barata, que a la vez los vuelve una alternativa a la contratación de “costosos” trabajadores que exigen cumplimiento de sus derechos. 

En este peligroso círculo vicioso, solo resultan perjudicados los más débiles: los trabajadores. De pronto por imperio de la necesidad, dejamos de lado la unidad. Conscientemente resignamos y hacemos peligrar a sus puestos a nuestros pares más afortunados (lupus est homo homini).  

Y esto nos llevaba a la pregunta clave ¿los sindicatos solo deben ocuparse de sus representados? Al menos por una cuestión de supervivencia, deberían buscar soluciones para ayudar a los desempleados, porque de lo contrario estos les quitarán el trabajo a sus representados. Un tema por demás complejo, ya que si bien esto no está dentro de sus funciones, si está entre sus necesidades. Este siglo XXI requiere la unidad de todos los trabajadores (activos e inactivos)

La globalización

Emparentada aunque independiente de la anterior problemática. Si bien la globalización económica implica la apertura de nuevos mercados y nuevas oportunidades de generar más trabajo; su contracara es que no se trata de un proceso neutral, ya que genera disparidades, inequidades, desocupación y pobreza localizada, entre otras distorsiones.  

Esta nueva economía busca optimizar cada una de las partes de la producción de manera tal que se priorice la mayor eficiencia y rentabilidad. Se hizo moneda corriente la relocalización de actividades en terceros países (offshoring). Y esto en el mercado laboral impactó a veces generando nuevos empleos, pero en nuestros países mucho más a menudo generó sustitución de puestos de trabajo que migraron hacia mercados con mano de obra barata. 

El sector más afectado fue el industrial, que vio sus persianas caer en occidente para importar el mismo producto fabricado en el oriente. 

Convengamos que este desafío es algo cuya solución involucra a una acción de todos los de sindicatos del mundo. Es necesario que trabajen y encuentren formas para establecer derechos laborales y normas que regulen el trabajo (seguramente con eje en la Organización Internacional del Trabajo) para que el trabajo no sea visto como una mercancía más, regulada solamente por la lógica del mercado. 

Fotos: Revista Crónica Sindical ( 2015 )

Para finalizar debo reconocer, que 6 años atrás jamás se nos ocurrió, ni a entrevistadores, ni a los interpelados, el imaginar un escenario con una pandemia mundial. ¿Cómo afectará a los sindicatos cambios laborales, sociales y culturales que estamos viviendo producto del Covid-19? Uno de los más dramáticos cambios, ha sido indudablemente el que muchas tareas presenciales migraron al ámbito del teletrabajo (u home office), muchas veces con normativas laborales escasas o nulas. Pero también hubo un terremoto en las actividades de los ramos de comercio, en especial gastronomía, hotelería, turismo, solo por enunciar algunas de ellas.   

Tal vez esto sea algo que requiera un análisis más profundo en una futura columna.

Jorge Alberto Potente. Investigador Social OdT| El Observatorio del Trabajo

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