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Lo que nos legó Rembrandt… A propósito de la superación de las grietas. Por la Dra. Ana Lamas.

Hace unos años visité San Petersburgo, una ciudad típicamente imperial de increíbles paisajes urbanos, esculturas y edificios propios de Versalles, canales y riachos que la atraviesan cual Venecia. Entre mis objetivos tenía uno muy claro, llegar hasta la obra de Rembrandt “El regreso del hijo pródigo” que vive en lo que fue el magnífico palacio de invierno de los zares, llamado Ermitage, hoy museo. Un cuadro de un tamaño poco común, con pinceladas en claroscuro que el pintor dominaba con maestría. Pero ¿qué buscaban mis ojos? ¿Qué motivaciones me atraían particularmente a esa obra? Y ¿Por qué traerla en este momento? Es una historia de larga data.

Cuando pequeña en las lecciones de catecismo católico y en el seno de una familia ecuménica, escuché varias veces la parábola del Evangelio de Lucas denominada “El regreso del hijo pródigo”. ¿A qué se refería? Al vínculo entre un padre y sus dos hijos, a los que amaba profundamente. Sin embargo, uno de ellos se dedicó a gastar el dinero del padre y para ello se fue del hogar; el otro hijo destinó su tiempo a trabajar esforzadamente con el padre. Cuando el primero empobreció regresó a la casa del padre, pidió perdón, el padre se alegró y lo celebró.

Pasó el tiempo y un día me reencontré con la parábola de la infancia y el óleo de Rembrandt con el mismo nombre, a través de la lectura interpretativa de Henri Nouwen, en cuya tapa luce el cuadro. El pintor representa el mensaje católico de la misericordia del Padre, trazando en forma magistral a los tres personajes principales y otros de fondo. Puso luz en la cara del hijo mayor, en la cara del padre y en sus manos que posan sobre el hijo menor de espalda y arrepentido. Representa el perdón en sentido religioso, en mi caso, lo interpreto como un perdón en sentido humano; quizás influenciada por el conocido respeto que Rembrandt mostraba por las diferentes religiones, según escriben sus biógrafos.

Quiero concentrarme en las manos del padre, la izquierda fuerte y musculosa con los dedos abiertos y el pulgar que presiona; una mano que no solo parece tocar, sino que también, sostiene con firmeza. La mano derecha más pequeña, con los dedos elegantemente más cerrados sugieren acariciar y consolar. Algunos interpretan que la mano izquierda es la del pintor y la derecha la de su novia judía. La mirada del sentido común podría decir que son manos de diferentes personas y otros, podrían apuntar que sintetizan en una sola persona, las manos más comunes de una de mujer y la de un hombre.

Me gusta interpretar que no importa cómo se adjetive a la mano; mujer, hombre u otro; de izquierda, de derecha u otro; creyente, ateo u otro.  Me gusta interpretar que Dios, para los que creemos no es hombre o mujer u otro, es espíritu, energía sostén y ternura. Importa que cada ser humano, pueda concentrar en su espíritu la síntesis que expresa a la vez de gratitud, vigor, alegría, apoyo y esperanza que implica comprensión humana y equilibrio emocional.

En momentos de grietas en el mundo, en donde la intolerancia y la violencia se han convertido en moneda corriente, podría ser interesante detenerse en las contradicciones del propio ser humano, en las que conviven la firmeza y la ternura, el eros y el tánatos. Y en el medio enarbolar la posibilidad del equilibrio, la sabiduría y templanza que esperan de un esfuerzo personal y social pensando en el bien propio y el bien común.

Se aproximan las fiestas de fin de año e independientemente de la religión que se profese o del agnosticismo o ateísmo a que se adhiera, de la ideología política, de la nacionalidad, la raza o la riqueza, se suele festejar la Navidad con mayúsculas porque reúne los afectos más cercanos, a los que otros unen creencia religiosa. Y no es un tema menor luego del aislamiento y el dolor de lo perdido en la pandemia. Por eso, también es una ocasión para dejar de lado las grietas y buscar los temas que nos unen, como lo quiso significar Rembrandt con las manos de respetuosa integración de las diferencias.

Ana María Lamas
Lic. en Ciencias de la Educación (UBA) y Dra. en Filosofía Y Educación con reconocimiento “Cum Laude”. Especialista en Ciencias Sociales y Educación a Distancia.
Docente y directiva en el nivel secundario y universitario. Dictó cursos y seminarios sobre su especialidad en Argentina, América y Europa. Publicó artículos en revistas científicas en el país y en el extranjero.
Escribió libros académicos y de divulgación científica referidos a educación, nuevas tecnologías, juego y trabajo. Emprendió la creación y luego la gestión de una radioeducativa escolar, movida por la percepción del poder educador de los medios de comunicación.
Ha recibido el Premio a la Excelencia Educativa otorgado por la Federación de Cámaras de Comercio del Mercosur. Actualmente es profesora en Maestrías en UCES y Directora de la Lic. en Periodismo de Universidad Maimónides
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